José Ramón González Parada.
Miembro de la Red de Investigación y Observatorio de la Solidaridad
Si algo sabemos hacer los que nos dedicamos a la cooperación al desarrollo, -léase ONGs, funcionarios y consultores- es quejarnos; quejarnos de que esto va mal, de que no hay voluntad política, de que los donantes racanean con los medios necesarios, de que se instrumentaliza la cooperación, etcétera. De manera que con los años se ha ido creando un corpus crítico que en lugar de ser pensamiento transformador se resuelve en una especialidad más de las muchas modas con las que cubrimos nuestras vergüenzas. En este año 2011 que ahora acaba, paradójicamente la queja crítica, o la crítica quejumbrosa, ha dado paso a la perplejidad, si bien a final del año hay movimientos internos en el seno de algunas ONGs que auguran una conciencia de fin de ciclo.
Lo principales hechos que sirven para enmarcar el año ya no son los encuentros internacionales donde se discuten las técnicas y los procedimientos como ocurría en los años de la abundancia , corriendo de París a Accra para no perder comba, pues no estar al día de las novedades de la cooperación significaba un handicap en la estrategia de captación de fondos. Los hechos son de naturaleza política. El año se abre con las revoluciones árabes, con especial significado en el caso de Túnez, no solo por ser el país adelantado de la primavera árabe, sino por ser el niño mimado de la cooperación europea.
Túnez ha sido el principal beneficiario de las políticas de ayudas de la U.E. en el Norte de África. Una pequeña parte de esta ayuda se ha destinado a favorecer a las organizaciones de derechos humanos, aunque estas ayudas fueron finalmente suspendidas por el anterior gobierno tunecino. En cambio las organizaciones del antiguo régimen tuteladas por el gobierno han recibido su correspondiente respaldo; la Asociación Tunecina de Madres (afín a la familia de Ben Alí) había conseguido incluso obtener el estatuto consultivo ante las Naciones Unidas, acaparando los apoyos internacionales tanto públicos como privados.
La Ayuda no ha servido por tanto para mejorar la situación real de la población tunecina, sino que facilitó la permanencia de un régimen finalmente derribado por una insurrección popular. Solo unos meses antes, en septiembre del 2010, la Red Euro Mediterránea de Derechos Humanos, de la que forma parte ACSUR-Las Segovias, había publicado el texto titulado “Las incoherencias de las políticas europeas frente a las violaciones de derechos humanos en Túnez”. Sin embargo un hecho tan relevante como la revolución tunecina, que dejaba literalmente en pelotas la cooperación internacional, apenas si fue reflejado, ni digerido, por el conjunto de las ONGs.
La hambruna en el cuerno de África venía siendo anunciada por las ONG desde principios de año; la pasividad internacional cuando la crisis alimenticia estalla en pleno verano refleja nuevamente donde están las prioridades de los países donantes, estaban calmando mercados. La impotencia de las ONGs para responder a tal emergencia significa sencillamente que los grandes problemas de la humanidad no son abordables por medios privados, por la filantropía; necesitan de poderosas medidas políticas que en este minuto –y seguramente tampoco en los venideros si no hay una repuesta social contundente- no están a disposición.
En primavera, ya en nuestro solar, eclosiona con inusitada vitalidad el 15M, un movimiento que pone de relieve la confluencia internacional de muchas luchas y preocupaciones, el origen global de las tensiones y la globalización de las respuestas locales , en una nueva dimensión de la solidaridad internacional muy distante del planteamiento de la cooperación; un movimiento en el que participan también muchos militantes y simpatizantes de ONGs de desarrollo.
Y como telón de fondo el desplome de la financiación de la cooperación que se va agudizando a lo largo del año. Aunque aparentemente se trata de una cuestión económica, el hecho es de naturaleza política, lo que J.L. Vieites denomina “el pinchazo de la burbuja solidaria”.
La crítica política al problema de fondo de la ayuda al desarrollo ya no se orienta hacia procesos de mejora o a la creación de fórmulas alternativas sino a la existencia misma de esta práctica internacional que llamamos ayuda. Esa amenaza existencial -también en el sentido de la supervivencia de los trabajadores del sector- no proviene de su evolución interna ni de la reflexión crítica generada desde una paciente y minuciosa observación de la deriva de la cooperación al desarrollo; proviene del desinterés y falta de funcionalidad que la otrora orgullosa ayuda ofrece al nuevo capitalismo, -nuevo en relación al capitalismo del estado del bienestar, pero que lleva decenios minando la supervivencia del planeta- y de la crisis sistémica y multifacética, que está acelerando la descomposición del régimen internacional de regulación, incluida la ayuda al desarrollo.
Así que la pregunta es si se puede seguir pensando en alternativas a la ayuda dentro del capitalismo, o lo que es más interesante, si estas hipotéticas alternativas van a financiarlas los donantes públicos cuyos recursos dieron soporte a la gran mayoría de las ONGs de nuestro entorno. En el caso de la cooperación descentralizada española la caída en el año 2011 en los servicios de cooperación de las Comunidades Autónomas supera el 50% respecto al año 2010 aún sin conocer la totalidad de los recortes que se harán al finalizar el año.
La Generalitat de Catalunya reduce a la mitad su presupuesto de cooperación; el Gobierno de Navarra suspende la convocatoria de ayudas, según circular enviada a las ONGs; lo mismo hace el Gobierno Canario, y en situación parecida quedan las agencias extremeña y balear, que ya habían descendido más del 30% en el año anterior. Así pues el 2011 es el año del desplome, y el 2012 el de cierre por fin de existencias en la mayoría de las Comunidades Autónomas y solamente la cooperación vasca se mantiene constante; se puede calcular que tres años más tarde el flujo financiero no alcanzará un tercio respecto al año 2008, en que la ayuda alcanzó su techo máximo. Y lo mismo está ocurriendo en los ayuntamientos. De manera que las previsiones oficiales de la cooperación descentralizada española que confiaban todavía para el 2011 unos presupuestos en torno a los 614 millones de euros, no alcanzarán en gasto real los 400 millones, y bajando. Se trata por tanto de un desplome que cierra la curva iniciada en el año 92, en el que se inicia la contabilidad oficial de la cooperación descentralizada. La misma intensidad con que vimos crecer la curva, la vemos ahora en la fase decreciente. Si atendemos a la evolución estadística, nos encontramos ante una casi perfecta campana de Gauss, que tenderá a cero en los próximos tres o cuatro años, el ciclo completo de una generación. Podrían pensar algunos que se trata de un bache temporal, consecuencia de los ajustes presupuestarios en el sector público, sin embargo esta coyuntura es solo un acelerador de procesos de un proyecto agotado.
Aquí está pues la tentación del retorno a lo privado, y cuando se habla de privado no se habla de los movimientos sociales, del 15 M, sino de las grandes corporaciones transnacionales españolas, REPSOL, MOVISTAR, BBVA, SANTANDER, AGUAS DE BARCELONA, INDITEX y todas las del IBEX 35. Bien, este sería un camino sin retorno, pues detrás de la superchería de la responsabilidad social corporativa y las alianzas público-privadas, pasando por el espejismo de la gobernanza mundial planetaria, están los amos del mundo. Una pequeña pero vistosa dosis de ONG sigue siendo necesaria, no ya para legitimar la inexistente ayuda, cuanto para apoyar una tambaleante gobernanza. (No es aquí el momento de analizar esta cuestión, pero muy probablemente gobernanza sea el nuevo paradigma de la cooperación internacional, transitando de la Ayuda Oficial al Desarrollo A.O.D, a un Apoyo Orgánico a la Gobernanza, A.O.G. más acorde con la realidad)
Perplejidad en el mundo de las ONGs ante la duda existencial de su propia razón de ser y ante la inevitable reconversión del sector, pues antes que un movimiento social o una comunidad filantrópica, las ONGs son componentes del cluster económico mercantil de la ayuda internacional. Así que la disyuntiva es o salirse del mercado o adaptarse a la reconversión, elegir entre la inseguridad al saber que fuera del mercado no hay financiación, o la seguridad de saber que dentro del mercado no hay salvación.
En un año en que la movilización política ha sido espectacular, la atonía de las ONGs es aún más llamativa. Ciertamente desde hace años se viene diciendo que las ONGs deben aliarse con los movimientos sociales, sin embargo “la lejanía de las ONGs de desarrollo españolas respecto a la Puerta del Sol (15M) puede ser un reflejo de la distancia del mundo de la cooperación respecto a unas movilizaciones premonitorias de la larga y penosa marcha con que se anuncia el siglo” (Esbozos, nº 5) Y en sentido contrario el propio movimiento del 15 M parece desconocer todo los relativo a la solidaridad internacional, limitándose a incluir en su comisión de economía una rutinaria demanda del 0,7 (escribo desde Madrid, quizá en otros lugares no sea así) como reflejo de aquellas movilizaciones históricas del año 94 donde una movilización juvenil y muy espontáneo de solidaridad llevó adelante aquella exitosa campaña del 0,7 con una débil participación de las ONGs, que fueron sus directas beneficiarias. Hoy mantener la reivindicación del 0,7 es una posición retrógrada, tanto por lo mucho llovido desde entonces, como por el conservadurismo que supone seguir confiando en la gestión financiera en detrimento del compromiso político y social. Las ONGs la mantienen en su ideario por inercia, pero saben o deberían saber que las preocupaciones ya son otras, el 15M la introduce como curiosidad histórica.
La lejanía de la cooperación al desarrollo respecto a movimientos sociales no es nueva, a pesar de algunos intentos fallidos de organizaciones ecologistas y otras de “enchufar” con algunas ONGs con preocupaciones convergentes. Un caso a estudiar es la inexistente confluencia en temas estratégicos como el de la soberanía alimentaria; salvo las excepciones representadas por Mundo Bat, Veterinarios Sin Fronteras y alguna más, las ONGs no se tomaron en serio el tema. Antes bien incluyeron la “soberanía alimentaria” en su ideario cuando los planes directores oficiales así lo hicieron, y la incluyeron como un sector de cooperación más, sin entender que las políticas de soberanía alimentaria promovidas desde Vía Campesina y otros movimientos rurales suponían una ruptura con el modelo de cooperación, un torpedo disparado a la línea de flotación de la ayuda al desarrollo, un pulso con las grandes instituciones internacionales como la FAO o el Programa Mundial de Alimentos. En muchos casos la inclusión de la etiqueta de soberanía alimentaria en sus proyectos es una simple innovación formal sin más efectos. La ausencia de comunicación con los movimientos sociales proviene sin duda de su desvinculación con la problemática de la producción y la distribución de alimentos en nuestro propio entorno. De ahí que a las organizaciones de ecologistas y de consumidores más avanzadas les parezca que las ONGs no entienden la problemática global abordada por la estrategia de soberanía alimentaria.
Un tema paradigmático es la cuestión del agua, ámbito en el que muchas ONGs vienen realizado proyectos técnicamente bien concebidos y socialmente bien ubicados. Pero nuevamente esta especialidad aparece desvinculada de los movimientos sociales locales. Si se asumiera la cuestión del agua como un bien común global, las ONGs se estarían volcando en la plataforma contra la privatización del Canal Isabel II, denunciarían el periplo americano de Aguas de Barcelona o criticarían la oportunista alianza del Consorcio de Aguas de Bilbao con los no menos demagógicos Objetivos del Milenio.
En un tiempo tan convulso, esta atonía de las ONGs -apenas alterada por alguna carta colectiva en Cantabria, por una protesta formal en Cataluña, o por una rutinaria nota de la coordinadora estatal- puede deberse tanto a la desorientación ante el desplome de los donantes, como a un repliegue interno para repensar, cada una por separado, su futuro. Esta puede ser una clave para la interpretación del momento que atraviesan las ONGs.
LA SOLIDARIDAD COMO CATEGORÍA FUNDAMENTAL
Las ONGs plantean unos objetivos que para llevarlos a cabo necesitarían una transformación profunda del orden social, pero no ha sido esa su misión, sino que se han presentado como organizaciones realistas que saben que mientras tanto es necesario paliar el sufrimiento, sentar las bases de una mejora futura, facilitar las condiciones; son lo suficientemente realistas como para no pedir lo imposible. El pragmatismo es, por así decir, condición de su existencia; no piden lo imposible, sino que piden dinero a un público sensibilizado por su filantropía, piden fondos a donantes institucionales con marcos de financiación bien definidos. Y con esos fondos así conseguidos las ONGs hacen lo que pueden….al menos así venía siendo hasta ahora.
Pero la fuente (del pragmatismo) se ha secado, de modo que cualquier reivindicación del momento actual, de la gente de carne y hueso con necesidades perentorias, ya no puede ser transferida a un futuro imaginario. Esta forma de proceder –la transferencia a un futuro imaginario- ha sido la propia de la teoría de la ayuda al desarrollo en cuanto que las esperanzas humanas son sacadas de la interrelación social y proyectadas hacia la perfección futura de una ética universalmente asumida, la cual hará posible el desarrollo humano. La inmediatez con la que la ayuda trabaja es solamente el espejismo anticipatorio y local de la ilusión trascendental con la que el capitalismo actúa a escala global. Una ilusión que opera no sólo hacia los beneficiarios de la ayuda conducidos de proyecto en proyecto por el desierto de la subsistencia hacia la tierra prometida del desarrollo, sino también –y principalmente- hacia sus gestores. El pragmatismo se acompañó de un alarde de despolitización: el abandono de la esfera pública de las cuestiones que verdaderamente importan, asumir como un hecho natural lo que es el resultado de una historia de dominación, asumir la dominación como una fatalidad inevitable.
En una posición desde la que la fatalidad inevitable de la dominación no es demasiado molesta, el activismo filantrópico carga las pilas de la ciudadanía creando la ilusión de que a pesar de todo (lo que significa sin dejarse marear por lo aparentemente inevitable) se puede mejorar el mundo. Bajo la apariencia optimista habita el más descarnado pesimismo histórico. Pero esto ya no funciona, los expertos en fidelización de donantes que trabajan en las más importantes ONGs no cubren los objetivos. No sólo es que la crisis empuja a cerrar el grifo del donativo, no se trata de la fatiga del donante, se trata de la desmitificación de la ilusión solidaria. La clave solidaria ya no puede ser por más tiempo medida en función de los fondos disponibles, sino en la capacidad de compromiso. Cuando asumen una conciencia crítica, cuando la empatía con la pobreza de los otros desenmascara la lógica demoledora del máximo beneficio, entonces se da la verdadera dimensión de la solidaridad internacional.
EL CAMINO SE BIFURCA
El panorama que hoy ofrecen las ONGs no es alentador. El nuevo capitalismo creó el caldo de cultivo para la masiva presencia de ONGs , y potenció la cooptación voluntaria o involuntaria de su trabajo y de su discurso. La confluencia de su actividad con el sistema internacional de ayuda – la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD)- tiende a convertirlas en un instrumento más del nuevo orden mundial del que depende la cooperación al desarrollo. Sin embargo no sería justo decir que las ONGs son ellas mismas hijas del paradigma neoliberal, pues este trayecto no se recorrió sin resistencias. Este marco referencial - imprescindible para comprender la complicada posición de las ONG- ni se impone a todas como un mandato, ni se instala sin tensiones ni contradicciones en el seno mismo de las organizaciones. Antes bien las ONGs a menudo son esclavas de su éxito mediático. Un éxito alimentado por los más altos responsables institucionales de las políticas de cooperación. El paradigma actual sobre las ONGs es ya un paradigma en decadencia (la caída de los apadrinamientos es un indicador de la pérdida de confianza ciudadana) aunque todavía sea reflejado en sus relatos.
Tal decadencia –socialmente apenas visible, pero de creciente sintomatología entre los afectados- va ligada a la ya evidente decadencia del paradigma de la Ayuda al Desarrollo, y a la no menos evidente finalización de un ciclo económico de onda larga. Por ello la metáfora de la encrucijada con la que se solía apelar a la orientación que deberían tomar las ONGs ya no resulta adecuada. No estamos ante ninguna encrucijada, sino ante la bifurcación del camino que mal que bien unas y otras transitaron juntas. El ramal de la derecha lleva a la reconversión mercantil, el de la izquierda es el de la conversión a la política
El camino de la reconversión, apto solo para las más potentes, obligará a una adaptación de su ideario, atentas a las todavía desconocidas nuevas tendencias del mercado de la ayuda, pero que apuntan en la dirección de las alianzas público privadas, de la gobernanza y de la especialización en la ayuda de emergencia. En la responsablidad social corporativa de las trasnacionales españolas y en el marketing con causa hay un nicho de mercado , y la función de subcontratistas del sector público seguirá siendo una fuente de financiación para muy pocas entidades. Este es un camino que cada ONG aspirante deberá recorrer en solitario y en concurrencia con sus competidoras. Los ajustes en el empleo (o sea despidos masivos) ya se están dando, y también asistiremos a fusiones y absorciones, habida cuenta de la necesidad de tener un tamaño adecuado para servir a las nuevas necesidades.
El camino de la política en cambio no puede transitarse en solitario, sino que será fruto de alianzas, redes y plataformas de las ONGs que además se vinculen con movimientos sociales. Los objetivos estratégicos de las ONGs política y socialmente comprometidas se confrontan ahora directamente y sin mediaciones, sin poner el carro del dinero delante de los bueyes de los movimientos sociales, con la transformación profunda del orden social. Éste es el resultado que merece la pena de toda la actividad oenegística, el impacto en la conciencia de los ciudadanos, asumiendo los retos de la transformaciones sociales en el propio país.
Un año, pues, lleno de tensiones a lo interno de las ONGs, que está dando lugar a segregaciones y separaciones entre los sectores que optan por insistir en la visión tecnocrática, y los que optan por la repolitización del movimiento de solidaridad internacional. Al finalizar el año corrió un manifiesto por “una nueva ayuda al desarrollo”, promovido por organizaciones sociales que con el auspicio de Pedro Casaldáliga y apoyado por cien firmas –entre ellas muy pocas ONGs- planteaba una crítica de fondo a la trayectoria de la cooperación española, y proponía el siguiente método
- Desvinculación con el viejo paradigma de la ayuda, vagos conceptos que pesan como una losa en la capacidad para crear un relato propio sobre los contenidos, esfuerzos y compromisos de aquello que convenimos en llamar solidaridad internacional, que con el paso del tiempo ha acabado por desdibujarse y perder todo significado.
- Resistencia a la burocratización de la ayuda, a la manipulación mercantil, a su instrumentalización, a su progresiva privatización, resistencia, en fin, a la banalización de una solidaridad que ha dejado de tener un sentido preciso.
- Corresponsabilidad - a partir del análisis, la denuncia y la formulación de propuestas de acción en cualquiera de los ámbitos de la cooperación - con los movimientos reivindicativos por la dignidad y la emancipación económica y política en el Norte y en el Sur; y solidaridad también con las generaciones futuras.
El año 2011 resulta un año clave para el futuro de las ONGs, para repensar unas su identidad, para seguir pensando otras en si mismas.
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